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Domingo 14º TO: "No desprecian a un profeta más que en su tierra"

04 Julio 2021

No desprecian a un profeta más que en su tierra. La novedad en muchas ocasiones nos deja ciegos con toda su luz. Pero es una luz pasajera. Nos quedamos fascinados cuando llega un sacerdote o un fraile nuevo a nuestra Parroquia, cuando surge una nueva congregación religiosa, cuando un fraile o una monja empieza a salir como nuevos youtubers... Pero qué mal cuando nos enfrentamos al día a día, siempre lo mismo, la mismas caras, las mismas personas, los mismos problemas, los mismos quehaceres... No podemos ir viviendo únicamente de novedades.  

Hoy el Evangelio nos invita a ver en el otro una continua novedad para nuestras vidas: descubrir en el otro a Dios mismo, como si fuera un continuo descubrimiento. Esto me recuerda un relato de Anthony de Mello:

Un sabio, que se hallaba meditando en una cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el Director de un célebre monasterio.
-¿Qué deseas?, preguntó el sabio.
El Director le contó una triste historia: en otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, estaba repleto de jóvenes novicios, y resonaba por doquier el armonioso canto de los monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y el monasterio se hallaba tristemente en silencio. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían aburridos y rutinariamente sus obligaciones.
Entonces, el Director preguntó lo siguiente:
-¿Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?
-Sí (respondió el sabio) un pecado de ignorancia.
-¿Y qué pecado puede ser ése? (preguntó el Director).
-Uno de ustedes es el Mesías disfrazado y no lo saben. Dicho esto, el sabio cerró los ojos y volvió a su estado de meditación.
Durante el viaje de regreso al monasterio, el Director sentía cómo su corazón se agitaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías! había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio ¿Cómo no había sido capaz de reconocerlo? ¿Y quién podía ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿O el hermano de ojos claros? ¿Quizás el hermano administrador? ¿O sería el hermano Juan? ¡No, él no! Por desgracia, Juan tenía demasiados defectos…pero el sabio había hablado de un Mesías “disfrazado” ¿no serían aquellos defectos parte de su disfraz? Mirando bien, todos en el monasterio tenían defectos… ¡y uno de ellos tenía que ser el Mesías!
Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿el Mesías, aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado…entonces, tal vez… ¿podría ser Fulano…? ¿O Mengano, o…?
Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron a tratarse todos con respeto y consideración. “Nunca se sabe”, pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, “tal vez éste sea el Mesías…”
Con el tiempo, el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo y alegría. Pronto volvieron a acudir cientos de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden y volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de Amor…

 


Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,1-6):

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»
Y esto les resultaba escandaloso.
Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.